PERROS POTENCIALMENTE EQUIVOCADOS

Publicado el día 08/10/2017

Lamentablemente se está haciendo común en nuestros medios la aparición de titulares como “Pitbull hiere gravemente a un niño” o “Rottweiler ataca a una persona”, subrayando siempre la condición de la raza del atacante antes que cualquier otro dato. Estos hechos (que son reales) derivan siempre en polémicas relacionadas con las llamadas razas “potencialmente peligrosas” y también con intentos de regularlas. La base “científica” (las comillas están bien) de estas iniciativas implicaría que el comportamiento de ciertos tipos de animales están impresos en los genes.
De más está decir que no hay un asidero teórico veraz para dicha afirmación. El comportamiento es una función compleja cuya base biológica no depende de un sólo gen y además en mayor medida está influenciado por el entorno: el comportamiento de la madre, el sistema de crianza, la relación con el ambiente, los humanos y los otros animales, etc. Todos los perros son genéticamente iguales y las variaciones morfológicas del animal (alto, peso, forma de cráneo) no se ha comprobado que estén ligados a la conducta. Pretender decir que un determinado perro por el hecho de tener tal o cual tamaño o aspecto es agresivo o “potencial asesino” se encuadraría dentro de las llamadas “teorías del determinismo genético”, abandonadas por la ciencia hace más de cien años. De hecho, allá por el siglo XVIII en la Viena Imperial un anatomista llamado Franz Joseph Gall esbozó los primeros trabajos de la llamada “Frenología”, ciencia que consistía en explicar conductas criminales en las personas en relación a la forma y dimensiones del cráneo. Gall medía cráneos obtenidos en las prisiones e intentaba correlacionar sus características con las conductas que esas personas habían tenido en vida. La “Frenología” es considerada hoy una pseudociencia y a nadie se le ocurriría decir que un humano es “potencialmente asesino” basándonos en si es cabezón o no. Sin embargo aceptamos dichas teorías con los perros.
La influencia de los medios es importante en esto. ¿Por qué? Porque un titular como los que ejemplificaba más arriba tiene más fuerza que “Perro hiere a niño” (así, en general). Un “villano” claro y reconocible horroriza lo suficiente pero deja tranquilo a la mayoría. Es la base del cine de Hollywood, que ha ido cambiando de villano según la época y conveniencia política: los indios, los nazis, los vietnamitas, ahora los terroristas iraquíes, etc. Es el mismo mecanismo: el “malo” es muy malo pero es diferente a nosotros y a la mayoría, cosa que sea perfectamente identificable, aunque al mismo tiempo no permite estigmatizar a toda una especie. Pitbulls, Dogos, Dobermans, etc. no son las razas más comunes en nuestras calles, pero señalarlas colabora con esta “frenología” perruna.
A propósito de “razas más comunes”: es paradójico que “lo más común” sea precisamente el “perro común”; el sin raza, el mestizo. Los registros del Instituto Pasteur determina históricamente que más de la mitad de los accidentes por mordedura involucra a éste tipo de perros y no a los “puros”, y que el 30 al 40% restante de los ataques se dividen entre todas las demás razas (más de 400). Sin embargo, los titulares y las leyes de regulación apuntan a la minoría, a las pocas razas grandes. Será por este absurdo epidemiológico que esa legislación fracasa en el mundo. Países que tenían leyes de “Perros Potencialmente Peligrosos” (como Holanda, Gran Bretaña, Alemania, Italia, Nueva Zelanda) las están derogando. No cambió en absoluto la accidentología. Y para empeorarlo todo, se hace mal uso del idioma: “potencial peligro” es la definición de “riesgo”, por lo tanto el término correcto sería “perro riesgoso”…. pero suena feo, no?
Hay que reconocer que existen algunas verdades: un perro grande y potente hace más daño cuando muerde que uno pequeño. La pregunta es: ¿cuando muerde… a quién? La peligrosidad de un perro de gran porte no anula otra verdad: el accidente por mordedura es grave no sólo por el tamaño del perro, si no también por el de la víctima y su condición. Un FoxTerrier o un Cocker ensañado con un bebé puede desfigurarlo. Una persona inmunosuprimida, incoagulada, ancianos, pacientes con problemas de cicatrización, etc. tendrán también múltiples complicaciones por un ataque de un perro, cualquiera sea su tamaño. A los fines de evaluar a los perros luego de un accidente por mordedura, el etólogo J. Dehasse desarrolló una test que establece una escala de riesgo del animal en base a detalles de dicho accidente. La condición de peso, edad y sexo de la persona mordida es fundamental para determinar el potencial peligro, son variables que no deben dejar de tenerse en cuenta.
Los accidentes por mordedura nunca son aislados. Hay avisos, hay antecentes, factores predisponentes y determinantes y hay un entorno que también actúa. Son situaciones complejas que cuando se intentan simplificar, no se hace más que aumentar el riesgo a que se repitan porque nunca se resuelven. Las normativas de “Perros Potencialmente Peligrosos” no hacen si no “barrer debajo de la alfombra” las causas de estos accidentes, incluso dan una falsa idea de seguridad para quien tenga un perro chico o de raza indefinida.
Entonces, ¿no hay que legislar sobre este tema?. Si, por supuesto…. pero sobre las causas de fondo, no sobre “las formas”. Decíamos que la motivación de fondo de una agresión canina es compleja, para resumirlas, se conocen seis tipos: agresión jerárquica, por irritación (dolor), por miedo, predatoria (caza) territorial/maternal y redirigida. Muchas de estas son graves cuando no existen los “autocontroles”, estos son los “stop” que todo perro debe tener para interactuar con otros perros y con nosotros los humanos. Una de las causas más frecuentes por esta falta de autocontroles provienen de deficientes sistemas de crianza. Sin dudarlo, la madre es la mejor criadora, al principio “apega” al cachorro para que tome su leche, pero luego empieza a destetarlo, a desapegarlo. Mientras tanto, le aplica “correctivos” cuando la cría incurre en una conducta indeseada, por ejemplo, morder excesivamente las mamas. Con el castigo de la madre (un empujón o hasta una pellizco en el cuello con los dientes), el cachorro aprende hasta dónde debe morder y hasta dónde no. Esto es lo que se llama “la adquisición de la mordida inhibida”, que tienen que tener todos los perros después de los tres meses. A partir de esa edad, los perros no deben morder animales o personas ni aún jugando. Sin embargo, muchos criadores sacan a las crías de al lado de sus madres mucho antes de haber completado su apendizaje natural. Así, crian un potencial mordedor, un perro que no distinge el hueso que le dieron para jugar del brazo de un niño. Es un desequilibrio, un defecto de desarrollo, una mala praxis de crianza. Eso hay que legislarlo, regular la cría, que no la haga cualquiera y de cualquier modo, tal como ocurre ahora.
Las razas de los perros no tienen la culpa, no hay genética ni “frenología” en este asunto. Si hay PATRONES DE CRIANZA para las distintas razas, formas de hacer las cosas (mal) que se transmiten de criador a criador o se averigüan en un grupo de Facebook. Hay personas que en forma reiterada crían animales agresivos y el panorama se agrava, porque se quedan con lo que ellos consideran que son sus “mejores madres” sólo por su aspecto físico. Sin embargo, si éstas son desequilibradas, aún dejandole los cachorros por todo el tiempo necesario, nunca estarán en condiciones de dar crías equilibradas.
Hay que legislar sobre las personas, no sobre los animales, hacer registro y control de criadores y de personas cuyos perros son “mordedores seriales”. No se trata sólo de “estigmatizar” o no a una raza por una cuestión ética, se trata de hacer lo que es correcto para prevenir en forma efectiva los accidentes por mordedura.

Roberto F. Giménez
Médico Veterinario (U.B.A.)

MP: 6491