PERROS: “EDUCACIÓN” Y “ADIESTRAMIENTO”, DOS PROCESOS SEPARADOS

Publicado el día 04/09/2018

Es común que se confunda “educar” a un animal de compañía y/o modificar su comportamiento, con el hecho de “adiestrarlo”. Aunque ambos términos (educar y adiestrar)  se refieren a los aspectos de la conducta de nuestro perro, lo cierto es que son dos cosas absolutamente distintas.

Entendemos como “comportamiento” a todas las acciones de nuestro animal que lo hacen interactuar con nosotros y con el entorno. Lo solemos resumir en simples frases como: “se porta bien”, “se porta mal”, “es bravo”, “es buenito”, pero la verdad que las relaciones entre especies (la humana y la canina) son un poco más complejas. El comportamiento de los perros suele depender en muy bajo porcentaje de lo genético y todo lo demás son los llamados factores “epigenéticos”, los que tienen que ver con la crianza, la madre, el ambiente, el destete y cómo lo tratamos nosotros.

Debemos recordar que la especie canina no es “el mejor amigo del hombre” por casualidad. Ningún otro animal se acercó tanto a nosotros y la razón de ello es la capacidad de cambiar y adaptarse a las condiciones  que nosotros le imponemos. Esa plasticidad implica capacidad de observación, de distinguir “patrones” y actuar en consecuencia. Los perros son así de adaptables tanto como especie como en la mayoría de los casos, en forma individual. Piense esto: su perro no tiene nada que hacer en la vida, no trabaja, no estudia y el dólar le importa poco. Sólo tiene que estar atento a “su jauría” de humanos y otros animales y a su entorno. El perro entiende “el patrón” de la rutina de la casa, se da cuenta que se levantan y si durmió adentro, le abren la puerta para ir al baño. También que todos desayunan y le dan de comer para después subirse al auto y se van todos para volver tiempo después. Con el tiempo, el perro se adelanta a todo eso, empieza a dar vueltas cerca de la hora en la que suena el despertador, pide salir para volver a entrar y ligar una galletita en la cocina. También tiene las antenas paradas frente a todo el entorno, oye muchísimo más que lo que nosotros podemos oír, entiende los “patrones” del ambiente y los asocia con los nuestros. Quizá a un par de cuadras hay una escuela que hace sonar el timbre temprano. Él lo escucha y nosotros no, pero él lo asocia con la “levantada general” de la familia. Y se da cuenta que los días que no hay timbre, no hay “levantada”, así que de poco vale moverse por una galletita que tardará un poco más. Él no sabe que los días sin timbre se llaman “Domingos” o “Vacaciones”. No necesita saberlo. Le basta darse cuenta que el entorno es diferente y que coincide con un comportamiento particular de la familia. Parece magia, pero no lo es: es una gran capacidad de observación unida a una gran capacidad de adaptación.

Las mejores prácticas de educación para perros tienen que ver con utilizar esa plasticidad a nuestro favor. Como hemos dicho en otras notas relacionadas con la jerarquía, nosotros la demostramos con los pequeños gestos relacionados con la comida, los espacios y los contactos. Lo de siempre: no hacerlo dormir en la cama, no permitirle que siempre esté en el medio, no darle de comer en la mesa, que coma horas antes u horas después de nosotros, etc., aprovechan la capacidad de entender patrones de nuestros pichos.

El adiestramiento también utiliza la plasticidad de los perros para asociar acciones con reacciones. Por ejemplo, si felicitamos y premiamos a un animal cada vez que vaya a sentarse por sí mismo al tiempo que le damos la orden (“sit!”, “sentado” o lo que querramos), entenderá que “cola al suelo” es un premio y va querer a sentarse para obtenerlo.  El sonido de la orden será un disparador para el “recuerdo” del patrón (“cola al piso” y premio). Pero es un “truco”, una habilidad que no tiene que ver con un perro “bueno” o “malo”, ni siquiera “inteligente”. Puede ser muy práctico para un montón de situaciones, como por ejemplo que el Bobby se siente antes de cruzar la calle, pero son habilidades muy puntuales que requieren antes que nada, la base de un perro educado y equilibrado. Es que no convivimos con el “truco”, sino con la educación general del animal, con su equilibrio, con su aprendizaje epigenético y de los “patrones de comportamiento” de toda la familia. De todas maneras, puedo asegurarles que un perro que no tenga una estructura comportamental bien equilibrada tampoco aprenderá ningún truco. Es como un chico con defectos de atención por malas condiciones del entorno familiar: resulta difícil que aprenda la tabla del siete. La educación y el adiestramiento son dos procesos de la conducta de nuestros perros, pero son diferentes. Y generalmente no se puede hacer el segundo si la primera no es completa.

Cuando se pierde la plasticidad y la adecuada interpretación del entorno, es que aparecen los problemas. O el perro no entiende lo que le transmitimos con nuestra actitud, o nuestras señales no son claras. Cuando la conducta es nociva para la convivencia con las personas, es cuando decimos que estamos ante un problema comportamental. Un veterinario especializado en Etología (la ciencia del comportamiento) podrá diagnosticar si esa “conducta nociva” es por una patología del animal o es algo que no funciona entre él y las personas que lo rodean.

Lo ampliaremos en siguientes notas.

Dr. Roberto F. Giménez
Médico Veterinario (U.B.A.)
MP: 6491

 

CONSULTORIO ALIBA EN RADIO!!

Publicado el día 01/09/2018

Recordamos los micros del “Consultorio Aliba” en”Bien de Ojo” por “La 100 Bahía Blanca”! Dale “Play”!!

Jugar y aprender… un sólo corazón

Publicado el día 15/08/2018

Las actividades lúdicas son fundamentales en muchas especies  porque constituyen una oportunidad única para que los adultos les enseñen pautas de comportamiento a los cachorros. Esto es crucial en las especies predadores (a las que pertenecemos nosotros y nuestros perros), ya que la caza es una de las estrategias evolutivas más complejas a la hora de procurarse el alimento y el juego permite imitaciones al acto de acechar, pelear y cazar como ninguna otra acción lo hace. La cantidad de información que se transmite en lo que aparentemente es un hecho banal como “jugar” tiene un impacto directo en el equilibrio emocional del perro. Cuando el cachorro se excede en su energía al jugar con la madre, por ejemplo, ella sabrá castigarlo con justeza para que el pequeño limite sus movimientos y sobre todo, su mordida. La adquisición de la “mordida inhibida” es un requisito importante para que dicho perro no sufra luego situaciones complejas que incluyan los tan temidos “Accidentes por Mordedura”.
No hay nada más lindo que un buen jardín o parque, un domingo de sol, una ramita y jugar con el perro. Pero en este juego debemos poner también nuestra cabeza para dirigir correctamente nuestras acciones con el fin de educar a nuestro amigo. En este caso en particular, entendemos el hecho de “educar” al de establecer jerarquías claras en el sistema humano/animal, de manera tal de que logren un adecuado equilibrio. Como hemos dicho en este espacio muchas veces, si vamos a convivir con ellos, lo mejor es jerarquizarnos nosotros y “reducir” los privilegios de dominante en el perro. El juego nos puede ayudar a ello. ¿De qué manera? Utilizando lo que llamamos “Juego Controlado”

Antes de empezar comience preparando al perro y al entorno:

  • Si es necesario, restringa el movimiento del perro con la correa.
  • Adiestre al perro cuando tenga algo de hambre, no recién comido
  • Trabaje en un espacio que no sea demasiado excitante o estimulante. El garaje o un pasillo es un buen lugar.
  • Si al perro no le interesa interactuar con usted, tenga paciencia y tómese las cosas con calma.
  • Si no hay progreso en unos minutos, tómese un descanso y vuelva a intentarlo más tarde. Aislar el perro con el que se va a trabajar de sus compañeros.
  • Es importante que toda la familia participe de los juegos y sepa cómo hacerlos y alternen en el protagonismo (naturalmente, es difícil con los chicos);
  • Las mejores sesiones de adiestramiento no duran más de tres a cinco minutos.
  • Haga descansos entre las sesiones, en los que se debe relajar y jugar con el perro.
  • Puede realizar varias sesiones juntas separadas por descansos breves.
  • Puede prolongar una sesión si ve que el perro sigue concentrado y lo está disfrutando.
  • No es conveniente que el perro pierda el interés o se llene con los premios.
  • Abandone usted el juego, mientras el perro siga interesado en continuar. Procure que nunca sea al revés, adelántese al cansancio del perro.
  • Es preferible hacer sesiones cortas, dos o tres veces por día, todos los días.

Comenzando a jugar:

  1. Agitar frente al perro una pelota, un pedazo de soga gruesa, una rama o una botella de plástico, se la puede arrojar, pero en un principio cerca, lo que importa es la interacción entre el perro y el humano a través del objeto;
  2. Cuando estemos en contacto con el objeto de nuevo, pedirle UNA VEZ que la devuelva (“dame” o “soltá”)
  3. Si no lo hace: interrumpir el juego y dejar de prestarle atención o tirar un segundo juguete.
  4. No repetir… “soltá… soltá… soltá!!” Eso deteriora la orden. Hágalo una sola vez, firmemente.-
  5. Cuando suelta la pelota, darle un premio o felicitarlo y continuar el juego.
  6. FUNDAMENTAL!: NO se juega si no respeta las reglas, evitar SIEMPRE los juegos de tironeos, interrumpir el juego cuando comienza a excitarse y ponerse bruto, no jugar por el momento “a la pelea” y si lo hace, terminar con el perro de espaldas, “panza arriba” (postura de sumisión).-

M.V. ROBERTO F GIMENEZ
MP: 6491

 

LA GUIA DEFINITIVA PARA DARLE LA PASTILLA AL GATO

Publicado el día 01/08/2018

Si existe un verdadero desafío en la Medicina Veterinaria es administrarle medicación a un gato. ¿Vieron qué difícil que es? Realmente el carácter de estos animales sumado a la capacidad destructiva de uñas y dientes hacen que el problema sea tan básico como complejo.

Antes que nada, un poco de farmacología explícita.  Hay dos tipos de medicación: la “enteral” (por boca) y la “parenteral” (inyectable, venosa, intramuscular o subcutánea). Cada forma de aplicación tienen su técnica y también se relaciona con el tipo de medicamento, la velocidad en que la droga hace efecto, cómo se distribuye en el cuerpo, cuánto tarda en metabolizarse, el tiempo en que está activa, etc., etc.

Darle un inyectable subcutáneo o intramuscular a un gato suele estar en manos de un profesional o de sus ayudantes. Puede ser complicado o no (depende del gato y la habilidad del operador), pero de alguna forma eso está controlado. El problema es cuando el veterinario agarra el recetario y se pone a escribir “… y le vamos a dar una pastillita por unos días para…”. ¡Sonamos! En nuestra cabeza se nos forma la imagen de las batallas campales que están por venir. Por más bueno que sea el gato, una medicación dada en forma continua (como se hace hasta tres veces por día durante varios días) puede molestar su habitual buen humor y volverlo más arisco que de costumbre.

¿Qué es lo que hacemos, entonces? Como dicen en la industria: “Safety First”, la seguridad es lo primero. Debemos pasar la prueba sin salir lastimados ni nosotros ni el gato. Una primer medida puede ser proveerse de esos guantes gruesos de jardinería y (mucho mejor) los de soldador, de manera tal de poder manejar al animal y que si nos clava uñas o dientes, no pase nada. Otra opción posible es envolver al animal en una toalla o manta, para mantener las pequeñas garras de la pantera lejos de nuestra piel.

Es importante hacer todo tranquilo, sin provocar más estrés del necesario. Alzarlo, ponerlo en la falda, acariciarlo o… todo lo contrario (sobre una mesa o dentro de la “gatera”), lo que uno sepa que es mejor para el gato, de acuerdo a su carácter. Una buena opción es la llamada “clipnosis”, que consiste en ponerle un clip en el pliegue cutáneo de la nuca y el cuello, lo cual es relajante para la especie porque es la forma en que la gata agarra a sus cachorros (en el video de aquí queda muy claro)

Es obvio que las opciones más sencillas son la de darle la pastilla directamente y que la acepte o también dejar el comprimido mezclado con balanceado y que se lo coma por sí mismo. En el 99% de los casos, eso no pasa. La otra es poner el medicamento dentro de algo que le guste, como un trozo de carne o de hígado, y dárselo “camuflado”, pero quienes hace mucho que tienen gatos saben lo “vivos” que son, y sobre todo la capacidad olfativa que tienen, así que lo más probable es que nos vaya bien con el método un par de veces y después nunca más. Por eso es necesario apelar a métodos más elaborados. Generalmente administrar un líquido nos resulta más sencillo que una “pastilla”. Por eso, si es jarabe mejor, pero no todas las drogas están disponibles en ese formato. En todo caso, si nos recetaron comprimidos o grageas, es conveniente preguntarle al Veterinario si la misma se puede moler y diluir en agua, porque hay algunos medicamentos que les hace perder sus propiedades.

Si tenemos jarabe o un comprimido diluido, ponemos el mismo en una jeringa y con el gato inmovilizado (envuelto en una toalla o sostenido por otra persona), tomamos su cabeza) y la levantamos unos 45 grados, manteniéndole la boca cerrada. Luego colocamos el extremo de la jeringa en la comisura de los labios y muy lentamente descargamos el líquido dentro de la boca, dándole tiempo para tragar, evitando que se ahogue. Hay algo que se llama “reflejo deglutorio”, que es cuando los sólidos o líquidos llegan a ciertas parte de la faringe, es imposible para el animal no tragarlos. De todas maneras, tenemos que considerar las pérdidas que seguramente habrá. Digamos, si le tenemos que dar un comprimido y el gato escupió una parte, va a haber que administrarle lo que tiró (por ejemplo: medio comprimido más). No dejar de hacerlo, porque se debe respetar la dosis recetada por el profesional, puesto que en algunos tipos de medicamento, la subdosificación no sólo no cura si no que produce resistencia (ejemplo: los antibióticos).

Finalmente, les dejo un método bastante más “etológico”: habiendo consultado con el veterinario la posibilidad de fragmentar la pastilla, la “hacemos polvo” lo más que podemos y luego lo mezclamos bien con queso blanco o dulce de leche. Tomamos el gato y le untamos una pata (cualquiera) con dicha mezcla. Y lo dejamos. Así de simple. Que se vaya a su rincón y que se limpie solo. Muchas veces, la actitud innata de acicalamiento es mucho más fuerte que el gusto y el olor que pueda tener una droga. Y así, limpiándose, entre lamido y lamido, se habrá tragado todo lo que necesite para curarse.

ROBERTO F. GIMENEZ
Médico Veterinario
MP: 6491

EL LENGUAJE SECRETO DEL LAMIDO PERRUNO

Publicado el día 20/07/2018

Hay muchas cosas que hacen los perros a las que generalmente no le prestamos atención, porque parecen “naturales” o “instintivas” y sin embargo son indicativas de algunas características comportamentales de la especie. Una de ellas es la costumbre de lamer, tanto a las cosas, a nosotros, como a sí mismos.
El lamido de las cosas, de los objetos, puede formar parte de la “fase exploratoria” normal de los perros. Para ellos la vista no es el principal sentido, tienen un olfato muy potente y también un sentido del gusto importante, de manera tal que primero olfatearlos y después “probarlos” les aporta datos a los que nosotros -los humanos- no accedemos. Pero esta fase debe interrumpirse en algún momento, el lamido constante de los muebles, las paredes o cualquier cosa del entorno puede respondar al Sindrome de Ansiedad y es patológico.
Es importante saber reconocer por qué los animales hacen ciertas cosas y en qué contexto, para así prevenir situaciones indeseables tanto para ellos como para nosotros. Por ejemplo: el acto de “relamerse”, de pasar la lengua una y otra vez por el borde de los labios (el gesto que hacemos para caricaturizar que algo está muy rico). En los perros es un indicio de estrés por la situación que está pasando. Por ejemplo: perros frecuentemente dóciles que están siendo manoseados en exceso por humanos, el típico bebé que se le cuelga de las orejas, una persona que lo reta y lo reta sin parar por algo que hizo hace dos horas… veremos al animal asumiendo la posición sumisa, el rabo entre las patas, el cuerpo lo más bajo posible, las orejas caídas, la mirada huidiza… y el constante relamido. El perro la está pasando mal. Si hizo una macana, lo más probable es que ni se acuerde, pero entiende el enojo del líder y asume su rol de sumiso.

Sin embargo, el estímulo (el reto, el manoseo) persiste. Y es ahí cuando comienza la señal de estrés, el movimiento de la lengua. En muchos perros puede ser un aviso de peligro: hay situaciones que esa demostración de estrés termina en un mordisco. ¡Estar atentos!.
Tampoco es un buen signo cuando los perros se lamen en exceso a sí mismos. Un poco de acicalamiento está bien, es normal y alivia la picazón en caso de dermatitis o heridas. Pero cuando esa actividad no para, cuando se hace en forma constante y hay que retarlo para que cese, podemos estar de cara a una “Estereotipia”, un comportamiento compulsivo basado en un problema similar a cuando el animal se persigue la cola.
A tal punto puede llegar este comportamiento, que es bien conocida la patología denominada “Granuloma Acral”, una lesión focalizada que se da en la piel de las patas delanteras o traseras de los perros (generalmente la que le queda más cerca de la boca cuando están echados) cuya resolución en algunos casos tiene que ser quirúrgica.
Finalemente cabe la pregunta: ¿por qué nos lamen a nosotros?. Ya hemos dicho otras veces que para los perros nosotros también somos perros (“doble impronta”) y por lo tanto se comportan con las personas como lo harían con sus compañeros de jauría. En una especie social, el acicalamiento mutuo, limpiarse unos a otros, es un comportamiento normal. Así como los chimpancés se “despiojan” entre ellos, los perros se lamen. Pero además tiene otro significado, el de “sumisión”, el de decir “vos mandás”. Esta actitud está vinculada directamente a las etapas de cachorro y a la evolución. ¿Cómo?. El lobo, antecesor de nuestro perro, era un cazador y oportunista nato. Cuando encontraba comida, ya sea como presa viva o como carroña, simpre comía mucho más de lo que necesitaba. Llenaba su amplio estómago (“amplio” en relación a su anatomía) y regresaba a la guarida en donde estaba el resto de la jauría. Allí los cachorros le lamían el rostro, lo cual desencadenaba el reflejo de regurgitación y la cría podía alimentarse. El acto de lamido en la cara del proveedor es innato en el “Canis lupus” y sería una de las razones por las cuales a los perros les gusta tanto “darnos besos”, como muestra también de apego y sumisión.
No soy yo para decirles si está bien o mal, pero si le gusta darles besos en la boca al perro vean bien dónde estuvo ese hocico antes. Y si eso aún lo tiene sin cuidado… bueno: al menos téngalo desparasitado.

M.V. ROBERTO F. GIMENEZ
Médico Veterinario – MP: 6491