¿LA JERARQUÍA LO ES TODO?

Publicado el día 18/10/2016

Generalmente cuando pensamos una estructura jerárquica en unajauria
jauría de perros (y a veces en un grupo de otra especie) solemos imaginarnos un macho fuerte y decidido que indica qué hacer y a dónde ir y es seguido por el resto de su colonia. Esta imagen, como cualquier simplificación, no es cierta del todo.
Para empezar el liderazgo se ejerce y disputa en forma diferente según la especie. En los caballos por ejemplo, un macho es el líder pero siempre hay una hembra que también tiene su ascendente sobre gran parte de la manada. Además, cuando hay recursos suficientes (alimento, espacio) esas jerarquías casi ni se ejercen. Esto es porque son una “especie-presa”, consumidores secundarios, y sus necesidades de interacción con sus semejantes no son tan complejas como entre los cazadores.
Distinto es en el perro, una especie social predadora, cuya organización debe estar mucho más ajustada. La predación o cacería es acaso la forma de conseguir alimentos más compleja de la naturaleza. Se de
be acechar la víctima, contar con estrategias, comunicarse con el compañero, competir con otros predadores. Esto además ocurre en animales fuertemente armados (dientes y garras), Por estas razones es que las estrategias de comunicación también deben ser complejas.
Tras miles de años de evolución del Canis lupus (primero el lobo, luego nuestro perro doméstico) la selección natural ha determinado que la organización jerárquica de estos animales giran principalmente alrededor del macho. Sin embargo, como en tantas cosas en la naturaleza, esto no es “blanco o negro”. El líder de la manada, eventualmente, puede “delegar” algunas cosas en otros machos y en alguna hembra. O simplemente puede dejar pasar ciertos gestos de “sus súditos” que en teoría son desafíos a la autoridad, pero que en la práctica no se toman como tales.
Pongamos como ejemplo el recurso “comer”. Está la presa o alimento a disposición y lo usual (o lo que pensamos que es usual) es que el “macho alfa” coma en primer lugar. Esto no siempre pasa. El “capo” puede estar atento a otras cosas o simplemente demostrar desinterés hacia la comida en ese momento, y permitir que otros integrantes de la jauría se sirvan libremente. Por eso no solemos hablar de “macho alfa” , porque la estructura jerárquica no es lineal (alfa-beta-gama) si no más bien concéntrica. Habrá individuos que tendrán la mayor parte de las responsabilidades de todos sus pares, pero a la vez otros que también gozarán de sus prerrogativas de dominantes. Hay mayor rigidez cuando las hembras son las que tienen que asumir el liderazgo, quizá supliendo la menor fuerza física con una estructura menos flexible. Pero en general las cosas funcionan con liderazgos permisivos. En otro ejemplo, se sabe también que todos los machos de una jauría tendrán la posibilidad de reproducirse. En perros de vida libre, no siempre es “los mejores machos con las mejores hembras”. Contribuye a esto una ¿casual? característica biológica: los óvulos de las perras pueden permanecer fértilesen el útero cerca de 48 hs luego de ser liberados por el ovario, razón por la cual aunque una perra sea cubierta por el macho líder (o los más fuertes y lindos de los galanes), “el último orejón del tarro” de la jauría también puede tener su oportunidad unas horas después y la camada de cachorros puede tener varios padres.
Hemos dicho en este espacio que nuestros perros son “lobos perro-lamiendo-caraevolucionados”, no sólo “lobos domesticados”. Esto significa que hay diferencias entre unos y otros, aunque mucho del comportamiento se manifiesta en ambos de la misma forma. El Bobby en nuestra casa puede repetir el mismo patrón, el de la “jerarquía permisiva”, alternando comportamientos de líder con otros de sumiso.
Ahora, ¿qué pasa cuando un perro “se porta mal” y hace permanentemente cosas que parecen ser de dominante?. ¿Puede ser que quiera ser el líder a toda costa? No todas las actitudes de dominante se deben a un exacerbado impulso jerárquico del individuo. Como en tantos otros aspectos del comportamiento, la responsabilidad puede ser nuestra. Es que sin darnos cuenta, solemos premiar algunas actitudes que luego se ritualizan y más adelante se hacen ideseables. Por ejemplo, si un perro muestra agresividad inusitada hacia una visita a la cual le permitimos ingresar y no se encuentra en actitud hostil y nosotros “para calmarlo” lo acariciamos, en el entendimiento del animal le estamos premiando el “toreo”. Lo mismo si Bobby nos recibe siempre a los saltos o parándose en sus patas traseras mientras que las delanteras se apoyan en nosotros. Es una posición alta, netamente dominante, aunque nos pueda parecer simpática. Tal vez interpretemos que nos pide cariño y se lo damos para que “la corte”. No va a pasar: si lo acariciamos cuando hace esto, le reforzamos el comportamiento, él no lo interpreta como un “listo, ya está… te hice cariñito y ahora andate”, más bien lo traduce como un “¡qué bueno que te me veniste encima desaforado!”.
Evitemos reforzar los comportamientos dominantes o todos los indeseados. Los perros van a repetir aquello que se les premia, no pretendamos después que dejen de hacerlo.

ROBERTO F. GIMENEZ
MEDICO VETERINARIO (UBA)
M.P.: 6491