EL “NO” COMO PALABRA MÁGICA

Publicado el día 16/12/2016

perro-culpable-arrepentido-sumisionEl Bobby es bueno, pero… roba comida de la mesa, se va a la calle, ladra todo el tiempo, se come los sillones, hace pis dentro de casa, no da ni cinco de bolilla”, etcétera, etcétera. Este tipo de conductas indeseables hace difícil la convivencia, frustrando nuestras ganas de tener un animal de compañía y provocando conflictos en la familia (¿qué mujer no gritó alguna vez “¡¡mirá lo que hizo TU perro!!”?). No hay necesidad de llegar a esos extremos: una correcta actitud preventiva evita conductas tan molestas (me refiero a la del pichicho, no a la de su esposa). Es importante iniciar la educación del cachorro en una etapa temprana, cuando se forma el carácter del animal, adquiere confianza y aleja los miedos. El período de socialización se extiende hasta los tres meses de edad, cuando conoce a quienes va a tratar y cómo se ubicará dentro de la “jauría” familiar. Siempre se dijo en este espacio que lo debiera pasar con la mayor cantidad de estímulos posibles, junto a la madre y a otros animales, inclusive gatos. Pero también es cierto que entre los 40 a 60 días de edad es el período más común en los que se adoptan los cachorros. Ya desde el primer día debemos comenzar con la educación básica, la cual no busca obtener un “perro estrella” como Lassie o Rin-Tin-Tín, sino un objetivo mucho más modesto pero fundamental: poder convivir con él.

Y en ese contexto, hay una palabra mágica que es la primera que se grabará en la “computadora mental” del Bobby, una palabra que suspende toda acción destructiva, que detiene una agresión o que calla un ladrido. Esta palabra es “NO”. “Ene” + “O”: así de simple.

El “¡NO!” debe ser firme y de buen volumen y simultáneo a la conducta indeseable (de nada sirve media hora después). Debe ser precedida por el nombre (“Bobby ¡NO!”) y emitirse como único castigo (la agresión potencia la agresión). Tómese un tiempo cada día y juegue con el cachorro, para decirle “¡NO!” cuando hace algo que Ud no quiere (mordisquearle la mano o avalanzarse, por ejemplo). Luego continúe con el juego -como si nada- hasta el próximo “¡NO!”.

En caso de ser necesario, podemos aplicar lo que se llama “castigo etológico”. ¿De qué se trata? De “imitar” lo que la madre hace con su cachorro cuando éste se porta mal. Lo más efectivo es un pellizco en la piel que “le sobra” al costado de la cara, o la primer parte del cuello, en el morro o en cualquiera de los flancos. No le tiene que doler, no tiene que ser fuerte… en el “idioma perro” el gesto es suficiente para que él sepa que hizo algo mal.

También puede marginarlo (sacarlo del territorio donde se comporto indebidamente) y sólo dejarlo

entrar cuando no esta ladrando, llorando o rascando la puerta. El picho debe estar tranquilo, y esta situación no tiene por qué tener un tiempo minimo, la marginación puede ser corta, pero es importante que no debe estar haciendo algo inadecuado cuando “lo perdonemos”, de manera tal de para no reforzar esa otra conducta. Cuando el cachorro aún es chico, también se puede mantenerlo contra el piso hasta que notemos su relajación muscular. Esto es limitado en muchos animales grandes porque no es fácil, y tampoco es posible en perros que agresivos o muy miedosos.

Es importante entender que si su perro aprende lo que NO debe hacer, será mucho más fácil enseñarle luego lo que Ud quiere que haga. Esa etapa de obediencia la abordaremos más adelante, de todas maneras les comento que hay varios métodos para practicar, aunque personalmente siempre preferiré el llamado “condicionamiento operante”, que básicamente es el que trabaja en base a premios y refuerzos positivos.

Recuerde: no intente razonar con el perro, él no es una persona aunque a Ud le parezca que sí. Es un perro, y como tal, es nuestra obligación como “Homo sapiens” entender la diferencia y obrar en consecuencia. Un discurso al estilo “Oh, Bobby, Bobby…. ¿por qué oscura razón excavas mi jardín florido?” sólo logrará confundirlo, ya que él captará su “aura” de enojo pero no podrá asociarlo a ninguna acción y escuchará como de fondo una perorata sin sentido.

Con un poco de dedicación, mucho cariño y un buen “¡NO!” dicho a tiempo, Ud. podrá convivir con su nuevo amigo por todos los luminosos años que les queden por delante.