EL MANEJO DE LOS RESIDUOS URBANOS, EL ECOSISTEMA Y LOS PERROS

Publicado el día 08/07/2018

Hace muchos años, en un Congreso sobre Leptospirosis (enfermedad bacteriana que las ratas pueden transmitir a perros y humanos a través de la orina) un disertante del cual no recuerdo el nombre dijo: “el problema de los perros callejeros es el de la gestión de los residuos”. En ese momento no lo entendí o lo entendí a medias, pero tiempo después, estudiando ecología de las poblaciones, pude acercarme mejor al concepto.
Para arrancar, algunas cuestiones teóricas: se llama ECOSISTEMA a la “comunidad de los seres vivos cuyos procesos vitales se relacionan entre sí y se desarrollan en función de los factores físicos de un mismo ambiente” (definición de la Real Academia Española). Aunque los libros de texto suelen ilustrar este concepto con un paisaje de mantañas o ríos, la realidad es que una CIUDAD como la nuestra también es un ECOSISTEMA. Tiene todo lo que se necesita para serlo, un componente inanimado, abiótico, sin vida y también uno animado, biótico, con vida. Más académicamente hablando: un BIÓTOPO (el terreno, las calles, las casas, la parte inanimada de la ciudad) y una BIOCENOSIS (organismos, vegetales o animales). Perros y personas formamos parte del componente animado, la Biocenosis, de este ecosistema urbano.
En un ecosistema, cualquiera sea, los organismos viven y se reproducen según los recursos que les ofrece el ambiente. De una forma simplificada, esos recursos son alimento, refugio y ausencia de depredadores. Todo esto le es ofrecido a los perros “sueltos” (callejeros, vagabundos) en el ambiente urbano. Ellos no tienen depredadores directos, aunque las causas de decesos no naturales puedan ser varias, desde accidentes de autos hasta envenenamientos masivos. Por otra parte, en una ciudad, la oferta de refugio es abundante: construcciones, parques y sitios abandonados configuran un paisaje que ayuda a combatir las inclemencias del tiempo. Y queda el tema del alimento, que es el punto al que queríamos llegar.
El alimento otorga a los organismos vivos la energía necesaria para sus procesos naturales. La reproducción es uno de ellos. En la mayoría de las especies (entre ellas, el Canis lupus) hay un consenso general en afirmar que la reproducción es una función “de lujo”. Si la nutrición es adecuada, la reproducción es posible. En el caso de carencia o limitación alimentaria, todos los procesos reproductivos se retardan o directamente se suspenden. El intrincado mecanismo hormonal que necesita un individuo para ser fértil suele depender de la reproducción y de la ausencia de stress. La naturaleza es sabia: si algún recurso escasea o un peligro abunda… ¿para qué traer más individuos al mundo? ¿Qué sentido evolutivo tendría tener más bocas que alimentar en épocas de “malaria”?. En tiempos difíciles y en el caso de las perras, si bien el ciclo ciclo sexual no necesariamente se interrumpa por completo, si puede espaciarse. Sabemos que los lobos tienen una camada por año e incluso cada año y medio. La domesticación redujo el período de celo y lo transformo en dos por año, pero esto es cierto en animales cuidados y bien alimentados, viviendo bajo la protección de una familia. No es ilógico pensar que en el caso de los animales en situación de calle, el ciclo se acerque más a “lo natural” de la especie y las camadas se reduzcan. A lo largo de la vida del animal, la cantidad de cachorros que deje de descendencia será mucho menor que aquel teórico “6 a 8 cachorros cada 6 meses”. Eso impactará directamente en el crecimiento poblacional.
¿Qué alimentos ofrece el Ecosistema Urbano? De dos tipos: la alimentación “solidaria” de las personas que ponen platos de balanceado en la vía pública… y la basura, por más duro que suene.
Los residuos comestibles pueden ser un recurso importante para el mantenimiento de la población de perros y gatos urbanos. En una reciente nota de “La Nueva.com”, el autor apunta que en Bahía Blanca sus habitantes desechan 40 gramos de alimentos diarios. Proyectados a los 301.572 habitantes censados en el 2010, la ciudad desperdicia poco más de 12 toneladas de comida aprovechable todos los días.

Jugando un poco con las cifras y según la ciencia de nutrición animal, un perro necesita entre un 5% a un 7% de su peso corporal por día, con una variabilidad del 20% (esta cantidad se reduce con los alimentos comerciales, debido a su característica de “balanceados”). Para simplificar, supongamos que el peso promedio de los perros en la calle es de 10 kg y que consumen el 5% del peso vivo por día (500 gr), esas 12 toneladas citadas alcanzarían para alimentar a 24.000 animales. Si los datos teóricos de población animal indican que la ciudad cuenta con 1 perro cada 4 habitantes, y de ellos el 40% deambula en la vía pública, tenemos que el residuo comestible alcanzaría para alimentar casi al 80% de esos 30.000 perros.

Y no hay mucho que agregar: el ecosistema se sustenta a sí mismo y mientras los recursos continúen disponibles, las especies que viven en él tenderán siempre a crecer.

Es por esto que es necesario el control ético de la Fauna Urbana pero también un control ambiental de los recursos que ofrece la ciudad. No se trata de “matar de hambre” a los perros, porque siempre habrá quién los alimente, pero si de gestionar adecuadamente los residuos para aprovechar todas las ventajas que eso conlleva, principalmente relacionadas con la salud ambiental, de las personas y de los animales, no perdiendo nunca de vista el concepto universal de “Una Sola Salud”.

DR. ROBERTO F. GIMÉNEZ
Médico Veterinario (U.B.A.)
MP: 6491