RAZONES POR LAS QUE NO HAY QUE DEJAR PASEAR AL GATO

Publicado el día 11/08/2019

Los gatos se han convertido en uno de los animales de compañía más populares del mundo occidental, ya que se considera una “mascota moderna”, práctica, limpia y simple de criar, adecuada para la vida urbana.

Sin embargo, no todas son rosas: pueden traer dificultades en la convivencia, enfermedades zoonóticas (transmisibles al hombre) y problemas de comportamiento. Nada que no se pueda manejar y prevenir, pero como casi todo en esta vida, hay que estar informado.

Claro que una de las zoonosis más conocidas de los gatos es la Toxoplasmosis, de la que ya tratamos en este blog (más información AQUÍ) , pero no es la única. Parásitos, hongos (tiña) y la temida “enfermedad del arañazo del gato” (una bacteria) también nos pueden ser transmitidas. No hay que tener miedo, pero sí cuidado. Sin embargo el sentido de la nota de hoy tiene que ver con las enfermedades que sufren los gatos y no nosotros. Panleucopenia, Leucemia, Calicivirosis, Rinotraqueítis y SIDA Felino son las más comunes y todas están relacionadas con contagios provenientes de otros gatos.

Porque así como se está volviendo más frecuente la adopción de gatos o gatas como animales de compañía, también se mantiene la costumbre de dejarlos deambular libremente al menos una parte del día (o de la noche). Existen cantidad de estudios basados en mediciones con GPS que especifican las grandes distancias que nuestros bichos pueden cubrir en una sola jornada de paseo, en la mayoría de los casos, superando el kilómetro.

Rango de deambulación de un gato feral, medido con GPS durante un estudio en Illinois, Estados Unidos (FUENTE: Illinois News Boreau)

El gran problema (aparte de los peligros que significa andar suelto a merced de perros y accidentes) son las relaciones que establecen con otros gatos de los denominados “ferales”, es decir, aquellos gatos sueltos que no tienen contacto alguno con el humano, rehúyen a su presencia y viven en techos y alturas. Para tener una noción del extenso territorio que éstos abarcan, en Illinois (USA) se reportó un gato feral macho de raza mixta que deambulaba en una superficie de 547 hectáreas (ver foto arriba). En rojo, la superficie cubierta por un gato feral. En amarillo, por uno doméstico. Parece poco, pero el punto es que ambos territorios están superpuestos.

Como es obvio de entender, este tipo de gatos de vida libre no tiene control sanitario alguno y suelen ser reservóreos de las enfermedades que hablábamos antes. Y si bien sabemos que los gatos son animales territoriales y principalmente solitarios, es cierto también que la acción del hombre por medio de su alimentación (a pesar de su vida libre) provoca contactos que en un entorno silvestre no existirían. Estudios de USA refieren que –lejos de controlarlas- las iniciativas de protección que los vecinos y entidades desarrollan en ciertas ciudades han aumentado la población de estos animales, a tal punto que preocupa su impacto en la biodiversidad de los espacios periurbanos y la difusión de enfermedades.

Castrando a su gato o gata reduce muchísimo el comportamiento de deambulación, pero no es suficiente: también debe impedir que se escape con rejas, mosquiteros y estando siempre muy atento a la posibilidad que se escape.

Esto también debe complementarse con un enriquecimiento del ambiente en el que vive: rascadores, juguetes, lugares elevados a dónde trepar y bajos a dónde esconderse. Si el lugar en el que vive el gato es divertido, menos necesidad de ir a buscar diversión afuera.

Porque de nada sirve si nosotros llevamos el gato al veterinario y lo desparasitamos, le ponemos “la pipeta” y lo vacunamos para después aumentar los riesgos de contagio dejándolo “libre”. Es una cuestión estadística, casi de probabilidades: vacunar y prevenir está perfecto, pero mejor aún es no estar expuesto a los factores predisponentes.

 

Roberto Giménez

Médico Veterinario (UBA)

FUENTES:

  • Enfermedades Virales Felinas – M.V. Loreto Muñoz Arenas – Universidad Nacional del Litoral
  • Watch: How Far Do Your Cats Roam? – National Geographic – https://www.nationalgeographic.com/news/2014/8/140807-cat-tracker-pets-animals-science-gps
  • Researchers track the secret lives of feral and free-roaming house cats – Illinois News Bureau https://news.illinois.edu/view/6367/205315
  • Cats and Toxoplasma: Implications for Public Health – H. A. Dabritz (1 Infant Botulism Treatment and Prevention Program, California Department of Public Health, Richmond, CA, USA) y P. A. Conrad (Department of Pathology, Microbiology and Immunology, School of Veterinary Medicine, University of California, Davis, CA, USA)

El Olfato y los Perros

Publicado el día 22/04/2019

Siempre hemos sostenido desde aquí que la realidad en al que viven nuestros perros no es la misma realidad que la nuestra y esto se explica sobre todo en la capacidad de “sentir” (captar) diferente el mundo que nos rodea. Desde el “sentir”se entienden los sentidos y los sentidos son el puente entre ese mundo exterior, el “afuera”, y el interior, nuestra conciencia.

En los perros, el ofato tiene una importancia radical y eso a su vez impone condicionamientos a su comportamiento.

“Según las razas y los olores, los perros son de 1000 a 1 millón de veces más sensibles a los olores que nosotros los humanos. Los olores son percibidos por quimio.-receptores repartidos en el fondo de las cavidades nasales y en el órgano vomero-nasal. Todos los olores humanos, incluso las  que pertenecen a huellas digitales pueden ser detectadas por el perro, sean estas frescas o viejas de hasta una semana (Bradschaw 1992). El perro percibe en sus congéneres las feromonas producidas a nivel de las glándulas anales y cicumanales, del conducto auditivo externo, de los cojinetes plantares, y que encontramos también  en la orina, las heces, las secreciones vaginales. La difusión de estas feromonas es activa en la emisión de orina, el frotamiento sobre un soporte, pero igualmente es pasiva. La posición acostada de un dominante permite por ejemplo la impregnación de la zona de dormir, esta marcada por los olores de dominante (y por su presencia) acaba siendo un reto para los concurrentes potenciales. Cuando dos perros están presentes en la casa, el que tiene más contacto con los propietarios será más fuertemente marcado de su olor, y recibirá entonces de parte del otro perro, más investigaciones sociales, lo que interviene probablemente en la afirmación de su estatus jerárquico

Las feromonas informan sobre el sexo, el estado fisiológico (celo), el estatus jerárquico, la identidad del emisor. Lo cual permite en particular a los perros de un grupo diferenciar las feromonas emitidas por un intruso. En territorio desconocido el marcaje permite al perro tranquilizarse colocando aquí y allá una marca familiar. En un contexto familiar un depósito urinario único y sobre una zona visible, de un perro macho o hembra es muy a menudo la única manifestación de un equilibrio jerárquico inestable en el cual el perro de un temperamento poco dominante, beneficia de prerrogativas jerárquicas elevadas. En el síndrome de ansiedad de separación, es frecuente constatar que el perro va a destruir de preferencia objetos fuertemente marcados por el olor de su propietario (zapatos, zonas axiales de una remera, botón superior del pantalón, control remoto).

La comunicación feromonal no es conscientemente accesible al hombre, mientras que el perro diferencia con facilidad entre un hombre y una mujer, aún con ropa y andar idéntico. (…)

En el perro doméstico el comportamiento del marcaje está acompañado de numerosos rituales visuales como es el alzar la cola  y la pata al orinar o rascar el piso, lo que permite sin duda aumentar la atracción de la señal, agregando a la información olfativa un elemento visual, y otras trazas feromonales dejadas por las secreciones de las glándulas interdigitales. Los perros dominantes levantan mucho más a menudo la pata que los perros subalternos.”

Fuente: Patrick Pageat – G.E.C.A.F. (Grupo de estudio del comportamiento de los animales de compañía)

 

PREMIAR LO QUE ESTÁ MAL, CASTIGAR LO QUE ESTÁ BIEN

Publicado el día 01/03/2019

A veces nos preguntamos por qué los perros hacen las cosas que hacen, y no nos damos cuenta que ciertos comportamientos los creamos nosotros sin querer.

Lo primero es entender que los perros no tienen otra cosa que hacer en la vida que estar atentos al entorno para captar los patrones de comportamiento nuestro y del resto de la “manada” humana. La inteligencia y adaptabilidad que tiene la especie les permite sacar conclusiones del estilo:

  • SI PASA “A” -> OCURRE “B”
  • SI OCURRE “B” -> NO PASA “C”

Con este esquema simple pueden tomar decisiones que los lleven a sacar ventajas, conseguir alimento, ganarse caricias u ocupar territorios. ¿Quién no detectó esos rasgos de “viveza criolla” en sus mascotas, para alcanzar un bocado o eludir las barreras y escaparse? Por algo son la segunda especie “más exitosa” del planeta, en términos de reproducción.

Pero muchas veces somos nosotros los que nos manejamos de una determinada manera y sin quererlo fortalecemos comportamientos indeseados. La más típica es “premiar” (sin querer) lo que está mal o castigar (también sin querer) lo que está bien.

Veamos un ejemplo para cada caso:

EJEMPLO 1 – PREMIAR LO QUE ESTÁ MAL: Belcha es una boxer muy vivaracha y obediente, hace años que vive con un matrimonio mayor que la cuida, le pone límites y convive con ella en armonía. Pero un día llegó el nieto a alegrar la familia y los felices abuelos cumplen su rol de tenerlo con ellos de vez en cuando. Con el tiempo apareció el problema: Belcha le ladra al bebé, le ladra mucho. Y el bebé se asusta, le cuesta dormir y el sólo ladrido de Belcha lo hace llorar.  La intervención del profesional arranca con preguntar cómo llegaron a esa situación, qué hacían las primeras veces que se encontraron Belcha y el bebé. La mujer cuenta que evitaban el contacto entre ambos sacando a la perra al patio con una galletita. Es decir: la perra se acercaba, ellos la llamaban, tiraban una galletita al patio con la puerta abierta y luego la cerraban, con la perra del otro lado. Aún así, meses después, seguían con el mecanismo, sólo que Belcha ya no se acercaba si no que directamente se ponía a ladrar. ¿Qué pasó acá? Claramente, el “Hecho A” es que Belcha se acerque al bebé y eso como consecuencia trajo un premio (“Hecho B”) . Es cierto que también había un castigo: a Belcha la sacaban al patio, pero en este caso el premio (la galletita) es un estímulo mucho más importante para la perra que el hecho de tener que “irse afuera”. Muy probablemente como después ya ni la dejaban acercarse al bebé, comenzó a “vocalizar” (ladrar) y eso también tuvo su premio: le daban una galletita para que se calle. ¿Cómo revertir esa situación? Cortando la el mecanismo de comportamiento -> premio. Hay que bancársela, aunque sea difícil, Belcha ladrando y todos siendo absolutamente indiferentes. Se la puede distraer con otra orden o con un juego (hacerla sentar, salir al patio e iniciar un juego de pelota, por ejemplo), pero el premio debe ser después de esa OTRA acción, nada que Belcha pueda relacionar ladrar con recibir un mimo. Mientras dure el comportamiento indeseado, hay que ignorarla. Luego, cuando esté desactivado el círculo vicioso de ladrido-premio, se empezará a trabajar con el acercamiento al bebé, el que debe ser paulatino y por supuesto, siempre controlado por un adulto.

EJEMPLO 2 – CASTIGAR LO QUE ESTÁ BIEN: “Zeus” es un mestizo divino, rescatado de la calle, que vive con una familia en una casa de barrio, con patio. Aduciendo esta razón (“tiene patio grande”) que nunca fueron de sacarlo muy seguido a la calle. Además, cuando el dueño lo hacía, le gustaba dejarlo un rato suelto en una placita cercana, para que corra libremente, pero según él tal cosa se convertía en un displacer, porque después le costaba muchísimo volver a atraparlo y ponerle la correa. Sus comentarios de la situación eran: “es sordo”, “parece que me toma el pelo”, “lo llamo, me mira y sale para otro lado”. Preguntado si eso fue siempre así, la respuesta fue que no, que “al principio” (recién adoptado) era más obediente, aunque como era juguetón con otros perros, a veces se distraía y no acataba las órdenes. Y de allí se puede deducir lo que pasó: el dueño de Zeus habrá salido con él a la placita, lo soltó, el cachorro se distrajo con otros perros, el hombre lo llamó, Zeus tardó en responder y cuando lo hizo el hombre lo retó. “¡Me hacés perder tiempo, ¿por qué no venís cuando te llamo?”. Esta situación debe haberse repetido varias veces, y empeorado cuando los paseos dejaron de ser rutina. Ahora “Zeus” sale de vez en cuando y en las ocasiones que lo hace, está “cargadísimo” de energía, como un preso recién liberado de la cárcel. Y eso no hace más que complicar el cuadro. Ahora, pensemos la cosa “del lado del perro”, desde el punto de vista de “Zeus”, como si pudiera hablar:

SI PASA “A” -> OCURRE “B”: “estaba jugando normal con un amigo, el hombre me llamó, volví al lado suyo… ¡¡y se enojó y me retó!!. Está loco…”

SI OCURRE “B” -> NO PASA “C”: “…y encima que se enoja y me reta, se termina el paseo. ¿Sabés qué? La próxima vez no vuelvo.”

Y así resultan las cosas. Tenemos que ser conscientes que nuestra forma de comunicar no siempre dice lo que quiere decir. El tono de voz, las posturas corporales y sobre todo EL MOMENTO en el que retamos o premiamos es fundamental. Tenemos que ver cuándo ubicamos nuestras intervenciones para que sean oportunas y no originen este mecanismo de “premiar lo malo y castigar lo bueno”, que en definitiva, atenta contra la buena convivencia.

ROBERTO F. GIMÉNEZ
Médico Veterinario (M.P. 6491)

PERROS: “EDUCACIÓN” Y “ADIESTRAMIENTO”, DOS PROCESOS SEPARADOS

Publicado el día 04/09/2018

Es común que se confunda “educar” a un animal de compañía y/o modificar su comportamiento, con el hecho de “adiestrarlo”. Aunque ambos términos (educar y adiestrar)  se refieren a los aspectos de la conducta de nuestro perro, lo cierto es que son dos cosas absolutamente distintas.

Entendemos como “comportamiento” a todas las acciones de nuestro animal que lo hacen interactuar con nosotros y con el entorno. Lo solemos resumir en simples frases como: “se porta bien”, “se porta mal”, “es bravo”, “es buenito”, pero la verdad que las relaciones entre especies (la humana y la canina) son un poco más complejas. El comportamiento de los perros suele depender en muy bajo porcentaje de lo genético y todo lo demás son los llamados factores “epigenéticos”, los que tienen que ver con la crianza, la madre, el ambiente, el destete y cómo lo tratamos nosotros.

Debemos recordar que la especie canina no es “el mejor amigo del hombre” por casualidad. Ningún otro animal se acercó tanto a nosotros y la razón de ello es la capacidad de cambiar y adaptarse a las condiciones  que nosotros le imponemos. Esa plasticidad implica capacidad de observación, de distinguir “patrones” y actuar en consecuencia. Los perros son así de adaptables tanto como especie como en la mayoría de los casos, en forma individual. Piense esto: su perro no tiene nada que hacer en la vida, no trabaja, no estudia y el dólar le importa poco. Sólo tiene que estar atento a “su jauría” de humanos y otros animales y a su entorno. El perro entiende “el patrón” de la rutina de la casa, se da cuenta que se levantan y si durmió adentro, le abren la puerta para ir al baño. También que todos desayunan y le dan de comer para después subirse al auto y se van todos para volver tiempo después. Con el tiempo, el perro se adelanta a todo eso, empieza a dar vueltas cerca de la hora en la que suena el despertador, pide salir para volver a entrar y ligar una galletita en la cocina. También tiene las antenas paradas frente a todo el entorno, oye muchísimo más que lo que nosotros podemos oír, entiende los “patrones” del ambiente y los asocia con los nuestros. Quizá a un par de cuadras hay una escuela que hace sonar el timbre temprano. Él lo escucha y nosotros no, pero él lo asocia con la “levantada general” de la familia. Y se da cuenta que los días que no hay timbre, no hay “levantada”, así que de poco vale moverse por una galletita que tardará un poco más. Él no sabe que los días sin timbre se llaman “Domingos” o “Vacaciones”. No necesita saberlo. Le basta darse cuenta que el entorno es diferente y que coincide con un comportamiento particular de la familia. Parece magia, pero no lo es: es una gran capacidad de observación unida a una gran capacidad de adaptación.

Las mejores prácticas de educación para perros tienen que ver con utilizar esa plasticidad a nuestro favor. Como hemos dicho en otras notas relacionadas con la jerarquía, nosotros la demostramos con los pequeños gestos relacionados con la comida, los espacios y los contactos. Lo de siempre: no hacerlo dormir en la cama, no permitirle que siempre esté en el medio, no darle de comer en la mesa, que coma horas antes u horas después de nosotros, etc., aprovechan la capacidad de entender patrones de nuestros pichos.

El adiestramiento también utiliza la plasticidad de los perros para asociar acciones con reacciones. Por ejemplo, si felicitamos y premiamos a un animal cada vez que vaya a sentarse por sí mismo al tiempo que le damos la orden (“sit!”, “sentado” o lo que querramos), entenderá que “cola al suelo” es un premio y va querer a sentarse para obtenerlo.  El sonido de la orden será un disparador para el “recuerdo” del patrón (“cola al piso” y premio). Pero es un “truco”, una habilidad que no tiene que ver con un perro “bueno” o “malo”, ni siquiera “inteligente”. Puede ser muy práctico para un montón de situaciones, como por ejemplo que el Bobby se siente antes de cruzar la calle, pero son habilidades muy puntuales que requieren antes que nada, la base de un perro educado y equilibrado. Es que no convivimos con el “truco”, sino con la educación general del animal, con su equilibrio, con su aprendizaje epigenético y de los “patrones de comportamiento” de toda la familia. De todas maneras, puedo asegurarles que un perro que no tenga una estructura comportamental bien equilibrada tampoco aprenderá ningún truco. Es como un chico con defectos de atención por malas condiciones del entorno familiar: resulta difícil que aprenda la tabla del siete. La educación y el adiestramiento son dos procesos de la conducta de nuestros perros, pero son diferentes. Y generalmente no se puede hacer el segundo si la primera no es completa.

Cuando se pierde la plasticidad y la adecuada interpretación del entorno, es que aparecen los problemas. O el perro no entiende lo que le transmitimos con nuestra actitud, o nuestras señales no son claras. Cuando la conducta es nociva para la convivencia con las personas, es cuando decimos que estamos ante un problema comportamental. Un veterinario especializado en Etología (la ciencia del comportamiento) podrá diagnosticar si esa “conducta nociva” es por una patología del animal o es algo que no funciona entre él y las personas que lo rodean.

Lo ampliaremos en siguientes notas.

Dr. Roberto F. Giménez
Médico Veterinario (U.B.A.)
MP: 6491

 

LA GUIA DEFINITIVA PARA DARLE LA PASTILLA AL GATO

Publicado el día 01/08/2018

Si existe un verdadero desafío en la Medicina Veterinaria es administrarle medicación a un gato. ¿Vieron qué difícil que es? Realmente el carácter de estos animales sumado a la capacidad destructiva de uñas y dientes hacen que el problema sea tan básico como complejo.

Antes que nada, un poco de farmacología explícita.  Hay dos tipos de medicación: la “enteral” (por boca) y la “parenteral” (inyectable, venosa, intramuscular o subcutánea). Cada forma de aplicación tienen su técnica y también se relaciona con el tipo de medicamento, la velocidad en que la droga hace efecto, cómo se distribuye en el cuerpo, cuánto tarda en metabolizarse, el tiempo en que está activa, etc., etc.

Darle un inyectable subcutáneo o intramuscular a un gato suele estar en manos de un profesional o de sus ayudantes. Puede ser complicado o no (depende del gato y la habilidad del operador), pero de alguna forma eso está controlado. El problema es cuando el veterinario agarra el recetario y se pone a escribir “… y le vamos a dar una pastillita por unos días para…”. ¡Sonamos! En nuestra cabeza se nos forma la imagen de las batallas campales que están por venir. Por más bueno que sea el gato, una medicación dada en forma continua (como se hace hasta tres veces por día durante varios días) puede molestar su habitual buen humor y volverlo más arisco que de costumbre.

¿Qué es lo que hacemos, entonces? Como dicen en la industria: “Safety First”, la seguridad es lo primero. Debemos pasar la prueba sin salir lastimados ni nosotros ni el gato. Una primer medida puede ser proveerse de esos guantes gruesos de jardinería y (mucho mejor) los de soldador, de manera tal de poder manejar al animal y que si nos clava uñas o dientes, no pase nada. Otra opción posible es envolver al animal en una toalla o manta, para mantener las pequeñas garras de la pantera lejos de nuestra piel.

Es importante hacer todo tranquilo, sin provocar más estrés del necesario. Alzarlo, ponerlo en la falda, acariciarlo o… todo lo contrario (sobre una mesa o dentro de la “gatera”), lo que uno sepa que es mejor para el gato, de acuerdo a su carácter. Una buena opción es la llamada “clipnosis”, que consiste en ponerle un clip en el pliegue cutáneo de la nuca y el cuello, lo cual es relajante para la especie porque es la forma en que la gata agarra a sus cachorros (en el video de aquí queda muy claro)

Es obvio que las opciones más sencillas son la de darle la pastilla directamente y que la acepte o también dejar el comprimido mezclado con balanceado y que se lo coma por sí mismo. En el 99% de los casos, eso no pasa. La otra es poner el medicamento dentro de algo que le guste, como un trozo de carne o de hígado, y dárselo “camuflado”, pero quienes hace mucho que tienen gatos saben lo “vivos” que son, y sobre todo la capacidad olfativa que tienen, así que lo más probable es que nos vaya bien con el método un par de veces y después nunca más. Por eso es necesario apelar a métodos más elaborados. Generalmente administrar un líquido nos resulta más sencillo que una “pastilla”. Por eso, si es jarabe mejor, pero no todas las drogas están disponibles en ese formato. En todo caso, si nos recetaron comprimidos o grageas, es conveniente preguntarle al Veterinario si la misma se puede moler y diluir en agua, porque hay algunos medicamentos que les hace perder sus propiedades.

Si tenemos jarabe o un comprimido diluido, ponemos el mismo en una jeringa y con el gato inmovilizado (envuelto en una toalla o sostenido por otra persona), tomamos su cabeza) y la levantamos unos 45 grados, manteniéndole la boca cerrada. Luego colocamos el extremo de la jeringa en la comisura de los labios y muy lentamente descargamos el líquido dentro de la boca, dándole tiempo para tragar, evitando que se ahogue. Hay algo que se llama “reflejo deglutorio”, que es cuando los sólidos o líquidos llegan a ciertas parte de la faringe, es imposible para el animal no tragarlos. De todas maneras, tenemos que considerar las pérdidas que seguramente habrá. Digamos, si le tenemos que dar un comprimido y el gato escupió una parte, va a haber que administrarle lo que tiró (por ejemplo: medio comprimido más). No dejar de hacerlo, porque se debe respetar la dosis recetada por el profesional, puesto que en algunos tipos de medicamento, la subdosificación no sólo no cura si no que produce resistencia (ejemplo: los antibióticos).

Finalmente, les dejo un método bastante más “etológico”: habiendo consultado con el veterinario la posibilidad de fragmentar la pastilla, la “hacemos polvo” lo más que podemos y luego lo mezclamos bien con queso blanco o dulce de leche. Tomamos el gato y le untamos una pata (cualquiera) con dicha mezcla. Y lo dejamos. Así de simple. Que se vaya a su rincón y que se limpie solo. Muchas veces, la actitud innata de acicalamiento es mucho más fuerte que el gusto y el olor que pueda tener una droga. Y así, limpiándose, entre lamido y lamido, se habrá tragado todo lo que necesite para curarse.

ROBERTO F. GIMENEZ
Médico Veterinario
MP: 6491

EL LENGUAJE SECRETO DEL LAMIDO PERRUNO

Publicado el día 20/07/2018

Hay muchas cosas que hacen los perros a las que generalmente no le prestamos atención, porque parecen “naturales” o “instintivas” y sin embargo son indicativas de algunas características comportamentales de la especie. Una de ellas es la costumbre de lamer, tanto a las cosas, a nosotros, como a sí mismos.
El lamido de las cosas, de los objetos, puede formar parte de la “fase exploratoria” normal de los perros. Para ellos la vista no es el principal sentido, tienen un olfato muy potente y también un sentido del gusto importante, de manera tal que primero olfatearlos y después “probarlos” les aporta datos a los que nosotros -los humanos- no accedemos. Pero esta fase debe interrumpirse en algún momento, el lamido constante de los muebles, las paredes o cualquier cosa del entorno puede respondar al Sindrome de Ansiedad y es patológico.
Es importante saber reconocer por qué los animales hacen ciertas cosas y en qué contexto, para así prevenir situaciones indeseables tanto para ellos como para nosotros. Por ejemplo: el acto de “relamerse”, de pasar la lengua una y otra vez por el borde de los labios (el gesto que hacemos para caricaturizar que algo está muy rico). En los perros es un indicio de estrés por la situación que está pasando. Por ejemplo: perros frecuentemente dóciles que están siendo manoseados en exceso por humanos, el típico bebé que se le cuelga de las orejas, una persona que lo reta y lo reta sin parar por algo que hizo hace dos horas… veremos al animal asumiendo la posición sumisa, el rabo entre las patas, el cuerpo lo más bajo posible, las orejas caídas, la mirada huidiza… y el constante relamido. El perro la está pasando mal. Si hizo una macana, lo más probable es que ni se acuerde, pero entiende el enojo del líder y asume su rol de sumiso.

Sin embargo, el estímulo (el reto, el manoseo) persiste. Y es ahí cuando comienza la señal de estrés, el movimiento de la lengua. En muchos perros puede ser un aviso de peligro: hay situaciones que esa demostración de estrés termina en un mordisco. ¡Estar atentos!.
Tampoco es un buen signo cuando los perros se lamen en exceso a sí mismos. Un poco de acicalamiento está bien, es normal y alivia la picazón en caso de dermatitis o heridas. Pero cuando esa actividad no para, cuando se hace en forma constante y hay que retarlo para que cese, podemos estar de cara a una “Estereotipia”, un comportamiento compulsivo basado en un problema similar a cuando el animal se persigue la cola.
A tal punto puede llegar este comportamiento, que es bien conocida la patología denominada “Granuloma Acral”, una lesión focalizada que se da en la piel de las patas delanteras o traseras de los perros (generalmente la que le queda más cerca de la boca cuando están echados) cuya resolución en algunos casos tiene que ser quirúrgica.
Finalemente cabe la pregunta: ¿por qué nos lamen a nosotros?. Ya hemos dicho otras veces que para los perros nosotros también somos perros (“doble impronta”) y por lo tanto se comportan con las personas como lo harían con sus compañeros de jauría. En una especie social, el acicalamiento mutuo, limpiarse unos a otros, es un comportamiento normal. Así como los chimpancés se “despiojan” entre ellos, los perros se lamen. Pero además tiene otro significado, el de “sumisión”, el de decir “vos mandás”. Esta actitud está vinculada directamente a las etapas de cachorro y a la evolución. ¿Cómo?. El lobo, antecesor de nuestro perro, era un cazador y oportunista nato. Cuando encontraba comida, ya sea como presa viva o como carroña, simpre comía mucho más de lo que necesitaba. Llenaba su amplio estómago (“amplio” en relación a su anatomía) y regresaba a la guarida en donde estaba el resto de la jauría. Allí los cachorros le lamían el rostro, lo cual desencadenaba el reflejo de regurgitación y la cría podía alimentarse. El acto de lamido en la cara del proveedor es innato en el “Canis lupus” y sería una de las razones por las cuales a los perros les gusta tanto “darnos besos”, como muestra también de apego y sumisión.
No soy yo para decirles si está bien o mal, pero si le gusta darles besos en la boca al perro vean bien dónde estuvo ese hocico antes. Y si eso aún lo tiene sin cuidado… bueno: al menos téngalo desparasitado.

M.V. ROBERTO F. GIMENEZ
Médico Veterinario – MP: 6491

Cuando no mandar no está bien (sobre las Sociopatías)

Publicado el día 29/05/2018

Hace un tiempo comentábamos en este Blog las bases de la “Sociopatía” en perros, entendiendo estas como “el estado patológico en el cual la organización del grupo social está alterada con las fluctuaciones de las situaciones jerárquicas, encontrándose Sociopatías en las manadas o dentro de los grupos de los grupos hombre-perro” (1) Decíamos allí que  la organización jerárquica en la especie canina es bastante sencilla cuando hay dominantes (líder) y dominados, pero se complica con los individuos “en competencia”. Y generalmente esto es lo que pasa cuando somos nosotros los que cometemos el error de dejar que “el perro mande”. A veces no lo hacemos a propósito, a veces lo hacemos hasta “con amor”, sin embargo podemos provocar en el animal un estado en el cual se nos complica convivir con él.

El origen del trastorno debe buscarse en la existencia de la ambigüedad social que deforma todas las relaciones entre el perro y sus dueños. Generalmente se otorgan al animal prerrogativas normalmente asociadas a un estatus de dominante, pero quieren sin embargo ejercer su autoridad. Es la contradicción entre estas dos series de mensajes : “eres dominante”, “nosotros somos dominantes”, el origen del trastorno.  Muchas veces el animal adquiere un estatus de dominante el cual jamás es cuestionado por los propietarios. En estos casos, los perros no se muestran ocasionalmente agresivos, ya que su posición en “la escala jerárquica” no está amenazada. En cambio las Sociopatías  se dan cuando viven en una situación de competencia permanente, lo que ocasiona los “cortocircuitos”.

Muchos de estos problemas derivan en Estados de Ansiedad. El comportamiento errático, el excesivo “celo” hacia la figura femenina de la casa, la “hembra de la manada” y la progresión en la escala de agresiones a los animales de la casa. La Ansiedad Intermitente se manifiesta con comportamiento imprevisible, agresiones sin avisos previos, estado de excitación fluctuante.

Debe quedar en claro que en estas situaciones hay SUFRIMIENTO, el animal no está bien, en equilibrio, porque la ansiedad es un malestar nada agradable. Además, si no se tratan sus orígenes, suele empeorar.

Dr. Roberto F. Giménez
Médico Veterinario
MP: 6491

Bibliografía:Patología del Comportamiento del Perro“- Patrick Pageat (Pulso Ediciones); “Curso Básico de Etología Canina y Felina” – FCV – UNCPBA (2001)

NUESTROS ANIMALES NO SABEN DE CALENDARIOS

Publicado el día 30/04/2018

Ayer se conmemoró el Día del Animal y –como era de esperar- estallaron las redes sociales con fotos de animales de compañía y mensajes de “Feliz Día”. Mucha gente publicaba fotos y celebraba a sus buenos amigos, contaban anécdotas y nos anoticiaban de sus “mañas”. Hasta ahí todo bien… la contracara de los “festejos” suele ser el llamado al Veterinario de la mañana siguiente: “el Bobby está vomitando”… “lo veo decaído”… “se despertó con diarrea”. “¿Qué pasó?” pregunta el clínico. “No… nada… sólo le hice una comidita especial / le compré un hueso / le traje un regalito de lo que le gusta” y otras declaraciones por el estilo.

Desde que inventamos el Calendario, los humanos tenemos una tendencia a rememorar determinadas fechas, aniversarios y cualquier ocasión que sirva para festejar y hacer ese día diferente a los otros. Y como “festejo” viene de “fiesta” y se relaciona con “festín”, no hay una de éstas que se precie que no implique también comida y (por supuesto) bebida. Son esos momentos que parece estar todo permitido y que las leyes naturales parecen flexibilizarse. Somos la única especie del Reino Animal que hace eso, el resto vive una vida pareja en la que un día es exactamente igual al anterior, no hay Lunes ni Domingos, no hay aniversarios ni fechas patrias y mucho menos “Feriados Puente”.

Estos cambios en la rutina a los que sometemos a nuestros animales no es lo mejor para ellos. Ya de por sí acomodamos los hábitos alimenticios de los pobres bichos a nuestros ritmos, con desayunos, almuerzos y cenas, divisiones del acto de alimentarse que no existen en la naturaleza. Y cuando están más o menos acostumbrados a cantidades y frecuencias… un día ¡zas!… se las cambiamos con un atracón de “eso que tanto le gusta”.

En el caso de los perros particularmente, tenemos que entender que no siempre “lo que gusta” es bueno: una golosina, una milanesa frita, les encanta pero los descompone. Es casi igual a la alimentación humana: lo rico no necesariamente es saludable. El tema con los animales es que ellos no tienen la capacidad intelectual de negarse a comer algo sólo por la idea abstracta que “le va a hacer mal” en un futuro. Tampoco tienen la capacidad fisiológica de comer casi cualquier cosa y seguir “como si nada”. En eso nosotros le llevamos ventaja. Recordemos que somos “omnívoros” mientras que ellos son “carnívoros facultativos”, es decir, que la base de su alimentación es la carne con otras cosas agregadas (vegetales y fibra). Todo su aparato gastrointestinal evolucionó para digerir carne y para acumularla si es necesario (comparativamente al nuestro, su estómago es enorme). Lo que NO está preparado es para la variedad, su flora bacteriana es relativamente limitada, definitivamente no evolucionaron para digerir un alfajor.

Entonces acá estamos con el Bobby en casa, se lo ve contento con su alimento balanceado, se lo ve bien de pelaje, está acostumbrado a comer un poquito al mediodía y una ración grande a la noche, de Lunes a Lunes. Y ayer Domingo, porque fue el Día del Animal, le clavamos un pastiche de hígado “que tanto le gusta” y le dimos lo que quedó del asado, con chimichurri y todo. Y ahí el desastre. No exagero, no es inusual: hay gente que les festeja el cumpleaños, con bonete y dulces (¡de verdad!). Y al otro día está llamando al Veterinario.

Para evitar esto tenemos que aferrarnos otra costumbre muy humana: la de pensar!.

Los Calendarios son invento nuestro, no existen en el Reino Animal. No estoy en contra de los aniversarios, de los festejos y mucho menos del “Día del Animal”, que más que una fiesta sirve como un día de reflexión para nosotros, para ayudarnos a pensar cómo nos relacionamos con ellos, los animales. Y una buena reflexión pasa por la necesidad de no humanizarlos, como muchas veces hacemos, precisamente… el Día del Animal.

Pero si aun así en determinadas fechas nos impulsa un deseo irrefrenable de homenajear a nuestro amigo, pensemos mejor en otra cosa… ¡un paseo va a encantarle! Juguemos con él, más que otros días. Traigámosle un hueso de tiento, algún juguete del Pet-Shop, si es que nos gustó. Pero no le hagamos un “festín”, porque no lo alimenta, no va a apreciarlo y seguramente le hará mal. En el tema alimentación, el organismo de los animales ADORA y NECESITA la rutina. La diversidad alimentaria es un tema netamente cultural y por ende, es propiedad de los humanos.

No seamos antropocéntricos y estemos siempre imponiéndoles a nuestros bichos nuestras costumbres, aunque sean sinceras, bien intencionadas y hasta divertidas. Aceptémoslos como son, así… sencillitos.

ROBERTO F. GIMÉNEZ
Médico Veterinario (U.B.A.)
MP: 6491

 

“Lo que su hijo necesita es un Golden Retriever…”

Publicado el día 25/02/2018

Es común que nos pregunten a los Veterinarios qué tipo de animal adoptar cuando se tiene un chico con algún tipo de problemas o discapacidad y para esto en realidad no hay palabra más autorizada que la de los profesionales que se dedican a ello.  Transcribo una interesante nota del Grupo de Trabajo de “Terapia Asistida de Zona Norte” (en el conurbano bonaerense), “un equipo interdisciplinario destinado al trabajo con pacientes con diferentes necesidades” que intervienen principalmente con perros y del que reproduje el título de su nota.

Dicen los autores (*):

“Son incontables las veces que recibimos consultas de familias a las que el pediatra/neurólogo/psiquiatra/médico de familia le ha “recetado” un perro como solución para la problemática de alguno de sus hijos, especialmente cuando son niños con discapacidad. En numerosas ocasiones, la recomendación no se queda ahí, sino que además especifica raza, y suelen ser los Golden y los Labrador Retriever los elegidos porque “esos perros son buenísimos con los chicos”.
Estas recomendaciones son hechas con las mejores intenciones, pero lamentablemente, con poco sustento científico. Quienes recomiendan suelen saber mucho sobre enfermedades, trastornos y patologías humanas, pero poco sobre perros. Es por eso que las personas que trabajamos en intervenciones asistidas con perros queremos derribar algunos mitos, ya que este consejo ofrecido de buena fe, puede derivar en un problema tanto para la familia involucrada como para el perro.
El primer error en la afirmación que da título a esta nota, es la generalización. No todas las personas somos iguales, y no todos los perros son iguales, incluso los que comparten una misma raza. Y además no todos los niños con discapacidad tienen afinidad con los perros. Los niños son todos únicos y diferentes, un diagnóstico no los define. De la misma manera, los Golden Retriever también son todos diferentes. Hay muchísimos factores que influyen en la formación del carácter de cada perro como individuo. No todos van a ser “buenísimos con los chicos”, algunos quizás ni siquiera estén aptos para convivir con chicos. Para incorporar un perro a la familia tenemos que tener en cuenta todas esas cosas, y evaluar al perro como individuo (más allá de su raza, ya que no importa si es un perro de raza o un mestizo). Si no tenemos en cuenta estas cosas, hay muchas chances de que el perro termine siendo un problema.
El segundo error es depositar en el perro la expectativa mágica de que será el salvador de sus hijos. Un perro es un perro. Puede ser considerado un animal de compañía, un miembro más de la familia, pero si bien puede llegar a ser de gran ayuda, nunca es la solución absoluta. Los perros no hacen terapia, quienes hacen terapia son los terapeutas, que a veces incorporan perros a su trabajo como un facilitador. Que la experiencia de tener un perro pueda ser vivida como “terapéutica” por una persona, no significa que el perro sea un terapeuta.
Muchas personas tienden a confundir a los perros de terapia con los perros de asistencia, con conceptos equivocados sobre ambos. El perro de terapia es el perro que participa en sesiones de terapia junto con un terapeuta. Ese perro vive con su guía o con su propia familia. No vive con el paciente. El perro de asistencia es el perro debidamente entrenado por personas competentes para asistir a determinada persona en su discapacidad, (que puede ser visual, auditiva, motora, etcétera). Este perro vive con su usuario. No es un perro labrador que uno compra por su cuenta y luego contrata un adiestrador para que le enseñe. Los perros de asistencia son minuciosamente evaluados desde cachorros y entrenados con mucho cuidado y responsabilidad, y una vez que están listos, recién ahí son entregados al usuario.
No queremos con esto desalentar a ninguna familia a adquirir un perro. Nuestro deseo es que cuando se tome la decisión, esté basada en expectativas realistas y sea tomada con la responsabilidad que conlleva. Nunca nos vamos a cansar de hacer hincapié en la importancia del cuidado responsable, donde se respete tanto el bienestar animal como el familiar. Creemos que tener un perro en la familia puede ser una experiencia maravillosa, siempre y cuando estemos dispuestos a cuidarlos de manera responsable.
Debemos saber desde un primer momento que un perro nos va a demandar tiempo y dinero. Dinero para mantenerlo en buenas condiciones de salud, con la correspondiente atención veterinaria, vacunas y desparasitaciones al día. Tiempo, porque todos los perros necesitan educación y paseo. Esto resulta fundamental para una buena convivencia entre todos. Si no educamos ni dedicamos tiempo al perro, sobre todo si lo adquirimos de cachorro, nos vamos a encontrar con una gran cantidad de energía acumulada en ese animal. Y seguramente toda esa energía busque como vías de salida conductas que pueden resultar molestas para su familia, como ladridos constantes, hiperactividad, o comportamientos destructivos. Lamentablemente muchos de estos perros terminan siendo confinados a espacios cada vez más pequeños de la casa, para que no molesten, y muchas veces son regalados (en el mejor de los casos, ya que otros son abandonados). Por todos estos motivos queríamos echar un poco de luz sobre estos mitos, y concientizar sobre la necesidad de asesorarse antes de adquirir cualquier cachorro. “

AUTORES: Patricia Bárzola (médica), María Laura Molina y Vedia (Lic. en Psicología), Carolina Marcó del Pont (Lic. en Psicología), Micaela Waldman (Lic en Terapia Ocupacional), Nora Lía Zinelli (docente de nivel inicial), Viviana García (Acompañante Terapéutico), Úrsula Bort (Instructora canina).

 

CON EL PERRO AL VETERINARIO: ¿disfrute u odisea?

Publicado el día 01/02/2018

Llevar a nuestro amigo al Veterinario suele ser una de las experiencias más traumáticas que muchos padecen cuando tienen un animal de compañía. El viaje en auto, la espera, la misma atención por el profesional, se convierten en un festival de mordidas, babeos, intentos de escape, forcejeos, pelos y más babeos. Lo peor no es cómo queda la sala de espera del veterinario o el asiento de atrás del auto: el tema es que semejante comportamiento por parte del Bobby lleva a que inconscientemente evitemos lo más posible semejante incordio, a tal punto de minimizar sin quererlo cualquier síntoma que muestre en casa y demorando el diagnóstico precoz. Además, las maniobras veterinarias (desde tomar la temperatura, aplicar un inyectable y hasta sacar sangre) se ven entorpecidas por el comportamiento del animal y con ello, su cura. Lo digo ahora, aunque sé que lo repetiré después: el Veterinario es un profesional médico, no un domador. El control del perro durante la consulta es tuyo.

Si tu amiguito ya es grande y viene con problemas para llevarlo a consulta, he aquí unos tips:

  • coordiná con el Veterinario el horario de visita, así se acortan los tiempos de espera;
  • colocale el collar, la correa y el bozal antes de salir de casa (no esperes a llegar al consultorio);
  • llevá  salchichas o galletas para premiarlo por cada cosa que haga bien, por cada orden que acate (“sentate”, “quedate”, “arriba!”). Hay que pensar que no todos los estímulos deben ser negativos;
  • quien lleve el perro al veterinario debe ser alguien que lo domine, de ser posible por presencia, liderazgo y jerarquía y si no al menos físicamente. Aunque el Veterinario cuente con ayudantes, siempre la sujeción es más sencilla si es hecha por alguien de la confianza del animal;
  • consultá con el Veterinario la necesidad o no de darle una medicación previa y de qué tipo. La Levomepromacina (de la cual hablamos por el tema de la pirotecnia en esta nota) puede ser una opción, más eficiente que las tradicionales “gotitas”. De todas maneras no se las des sin consultar, ya que algunos fármacos enmascaran síntomas y alteran los resultados de los análisis.

No me cansaré de repetir lo importante que es el tema del comportamiento en consulta para “allanar” todos los procedimientos diagnósticos y de tratamiento. De verdad: todas las posibilidades de atención de tu animal de compañía van a multiplicarse si este es fácilmente manipulable. Además, muchos parámetros que son importantes para entender su estado de salud, tales como pulso y ritmo crdíaco, frecuencia respiratoria, dilatación pupilar, temperatura, recuento de glóbulos blancos, ciertas hormonas, etc. se ven alteradas si el animal está en en estado de stress.

Ahora bien, tenemos un cachorro recién adoptado, ¿cómo evitamos que llegue a ser tan intolerante a la consulta?. Simplemente… ¡pensamos! Los cachorritos son un manojo de neuronas en crecimiento que absorben como una esponja todos los estímulos del entorno para identificar peligros y situaciones complejas. Pongansé en el lugar de él, sólo imaginando: “me subieron al auto.. ¡qué lindo! ¡Paseo!… fuimos a un lugar con olor a otros perros… mmm… no está tan bien… huelo que algunos estaban sufriendo. También anduvieron gatos por aquí. Un señor de blanco me puso arriba de una mesa brillante… me acarició… ¡y me metió “un coso” por la cola!. ¡Y después me pinchó!. Salgamos de este maldito lugar…” Un par de situaciones como esta y el picho se va a esconder apenas agarremos la llave del auto.

Lo mejor que podemos hacer es acostumbrar y desensibilizar a nuestro perro de movida nomás. ¿Cómo? Lo primero es NO llevarlo a la Veterinaria solamente a vacunar. Podemos ir con él cada vez que vayamos a comprar alimento balanceado, quedarnos un rato, charlar con el veterinario e incluso comentarle lo que estamos intentando. También, si la clínica nos queda cerca o “de pasada” podemos ir hasta la vereda y seguir de largo. E incluso ponerle el collar, la correa y hasta el bozal en casa… ¡sin salir a la calle! (al ratito se lo sacamos, obvio). Todo esto es para romper la relación directa entre el estímulo (la correa, el auto, a veterinaria) y el dolor (los pinchazos). Si bajamos la ansiedad producto de la anticipación que el perro hace por todas esas señales, sin dudas la consulta será más armónica.

Por supuesto que lo más importante sería que la relación entre el animal y su compañero humano sea de un equilibrio emocional saludable, es decir, que éste lo “domine” en el buen sentido, entendiendo por “dominancia” al ejercicio de una jerarquía en la que las personas de la familia se ubiquen en un rango comportamental superior a él. De esa manera, aunque haya procedimientos dolorosos inevitables, el perro mirará a “su líder”, lo percibirá tranquilo y eso le bastará para entender que todo está bien. Y este último consejo es para la vida social en general, no sólo para ir al Veterinario.

Y ya que lo mencioné… ¿les dije que es un profesional médico, no un domador?.

Roberto F. Giménez

Médico Veterinario (U.B.A.)

MP: 6491