“C.S.I. Veterinario”… o las dificultades para saber por qué falleció un animal.

Publicado el día 09/04/2018

Tal vez el tema de esta entrada no es todo  lo alegre que uno quisiera, pero tarde o temprano debíamos abordarlo porque suele ser una consulta frecuente. A tal punto es así, que al momento de escribir estas líneas me consultaban en privado por la posibilidad de investigar una mortandad importante de animales marinos en una conocida localidad balnearia de la provincia. Ese tipo de trabajo lo he realizado en muchas ocasiones y con distintas especies, siendo la más común el problema de los envenenamientos masivos de perros y gatos en el ámbito urbano.

Así como la Medicina Forense es una especialidad dedicada a descubir los causales de muerte de los seres humanos, la Medicina Veterinaria Forense tiene el mismo estatus, es decir, el de especialidad, aunque en esta Ciencia no suele estar formalmente instituida. Sin embargo, requiere de conocimientos especiales que un Veterinario “de grado” (común) puede no tener, porque no decidió dedicarse a ello. La mayor parte del saber forense en Medicina Veterinaria se imparte en post-grados y no es una de las especialidades que más demanda tiene, acaso porque sólo en algunas provincias el Poder Judicial incorpora a Veterinarios como peritos oficiales en las causas que debe tratar.

Tenemos entonces una primer dificultad al momento de intentar dilucidar el misterio de uno o varios fallecimientos animales: dar con el profesional adecuado. Éste debe saber diferenciar los cambios ocurridos por la misma naturaleza de la muerte de los que se produjeron por una patología o un atentado. Lo más común es que lo que se vea a simple vista “enmascare” la causa de fallecimiento. Por ejemplo: imaginemos un animal (perro o caballo) tirado en el asfalto con una huella de neumático que lo atraviesa. El impulso original es decir que murió atropellado, cuando también es posible que haya fallecido de otra cosa y luego su cuerpo fue embestido. El veterinario forense entrenado sabrá separar las llamadas lesiones pre-mortem de las post-mortem, de manera tal de acercar el diagnóstico. Esto es muy complicado y a la vez – como siempre en biología –  no siempre preciso, por lo que no es extraño que en el informe final queden más dudas que certezas.

Otra dificultad para toda la medicina forense en general (de humanos o animales) es que muchas veces “los cuerpos no hablan” o dicen poco. Se arriba al diagnóstico de “muerte por causas naturales” casi por descarte. Esto es porque lo que se hace es una necropsia “macroscópica” (concienzuda, pero a simple vista) y se observan las lesiones externas e internas. De esa forma, para avanzar un poco más en la resolución del enigma, hay que contar con métodos complementarios, como por ejemplo, estudios anátomo-patológicos y de laboratorio.

Y aquí un párrafo especial para estos últimos. Generalmente en nuestro país las cosas no son como se las ve en las series policiales tipo “C.S.I.”. Allí tienen un cadáver y le sacan muestras y ponen las muestras en frasquitos y bajos microscopios, encienden aparatos modernos y miran a trasluz tubos de ensayo y así descubren que la víctima murió de una sobredosis de una sustancia de nombre imposible importada de la China, entonces van a la Aduana y dan con la partida y cruzan los datos con un sospechoso a quien le encuentran restos del veneno en el lavadero y el tipo confiesa pocos minutos antes de los créditos finales. La realidad (sobre todo en nuestro país) es mucho más pedestre y compleja. El acceso al laboratorio no es tan sencillo, no siempre hay posibilidad técnica de realizar determinados análisis y si éstos están disponibles, son onerosos.

El caso típico son las intoxicaciones: ante un envenenamiento individual o masivo, en el caso que se haga la necropsia y se obtenga muestra (contenido gástrico, orina, tejido hepático o renal) deben buscarse las sustancias sospechosas. El método de detección más confiable es la Cromatografía (hay de distintos tipos, líquida, gaseosa, de Masa, etc). La Cromatografia compara un preparado de la muestra con un “testigo” del veneno del que se sospecha y el resultado se visualiza en un software, generalmente una curva con “picos”. La comparación de esos picos es lo que nos permite establecer si estamos ante la presencia de la sustancia buscada… o no. El tema es que no existe un “testigo” que abarque a todos los venenos posibles. Entonces, por ejemplo, si sospechamos de envenenamiento por estricnina, tomamos la muestra, la enviamos a laboratorio, se hacen los análisis y puede dar positivo o negativo. Si pasa lo primero… ya está: caso cerrado. Pero si da negativo, no podemos afirmar que el perro NO haya sido envenenado, si no que lo correcto es decir que “no fue envenenado por estricnina”. Bajo ningún concepto podemos afirmar que no haya presencia de otras sustancias como carbamatos, órgano-fosforados, etc. que para descartarlas debemos compararlas con sus propias corridas cromatográficas, cosa que por supuesto, encarece sobremanera la investigación.

Por eso que le aconsejo tener mucha paciencia con su veterinario si no muestra demasiado entusiasmo en disfrazarse de David Caruso (el pelirrojo protagonista de “CSI: Miami”). Seguramente entiende su angustia y él mismo tendrá muchas ganas de saber qué ocurrió en su caso. Pero la realidad no es la tele y a veces no es posible lograr que los misterios sean develados, como casi siempre pasa en la ficción.

ROBERTO F. GIMENEZ
Médico Veterinario (U.B.A.)
MP: 6491