ANIMALES Y VETERINARIOS EN LA ÉPOCA COLONIAL

Publicado el día 25/05/2017

Una interesante nota publicada por la revista “El Arca” reproduce la investigación del historiador veterinario Osvaldo Pérez en relación a cómo era la relación entre humanos y animales en la época de la Colonia, un vistazo que resulta hoy interesante en vistas de ser el 25 de Mayo.

Rescatamos algunos puntos:

VETERINARIO MÉDICO: uno de los primeros veterinarios registrado en la incipiente aldea de Buenos Aires, es un “albéitar” (mezcla de veterinario y herrador) que llegó de España alrededor del 1600. Su nombre era José Cordero Margaló y fue habilitado por el Cabildo para curar los males… de los humanos, a raíz de la ausencia de médicos.

ESPECIALIDAD COLONIAL: el historiador Osvaldo Pérez señala que los primeros relatos de los españoles daban cuenta que nuestras tierras estaban repletas de “grandes hatos de bovinos montaraces o cimarrones, de las manadas de yeguas alzadas y de las jaurías de perros salvajes que pululaban por miríadas”. Los primeros veterinarios que llegaron al país se dedicaron principalmente a los equinos, por el importante valor que tenían estos como transporte y arma de guerra.

Humanos y animales en la época colonial (“Los Tres Chiripaes” – J.M.Blaner – 1881)

VIEJOS PROBLEMAS ACTUALES: señala el Dr. Pérez que “por aquellos años Buenos Aires estaba infestada de canes, de los vagabundos y de los caseros. Esto provocaba más de un disgusto entre los pacíficos habitantes de la gran aldea. Los perros variaban en su tamaño y ferocidad al punto de que no era infrecuente el lamentar una muerte por causa de ellos.

TRATANDO DE LEGISLAR: 2 de julio de 1771 Juan José de Vértiz y Salcedo (el último gobernador de Buenos Aires antes de la creacion de Vireynato del Río de la Plata, emitió un “bando” en el que prohibía la tenencia de “perros bravos grandes sueltos”, autorizaba a los “chicos que llaman cusquillos” y ordenaba la matanza de todos los demás en ocho días. También decía que al Dueño de la Casa en que se hallase se le le aplicaría una multa de 200 pesos “y a los que no tuviesen con qué pagar la multa pecuniaria expresada, siendo indio, negro o mulato, o persona que no goce de privilegio, se la castigará con 200 azotes y cuatro años de trabajo a las obras públicas…”.

LA RABIA, UN VIEJO MAL: según Osvaldo Pérez “la hidrofobia fue el más que simbólico recuerdo que nos dejaron los ingleses después de sus fallidas invasiones. Los perros de caza que éstos trajeron diseminaron el mal en la campaña oriental a tal punto que, en noviembre de 1807, el Gobernador Javier Elío ordenó por bando una matanza indiscriminada de perros cimarrones a fin de erradicar el flagelo que ya había causado la muerte de ocho personas y varios perros”. A partir de allí las matanzas se hicieron frecuentes, en la medida que criar perros y mantenerlos sueltos era una costumbre de los porteños de la época y la Rabia no podía ser controlada. Para tan cruel tarea utilizaban presidiarios armados de machetes que iban por las calles buscando estos animales, en conflicto constante con las personas que intentaban protegerlos.

UN PRESIDENTE MORDIDO: fue en este contexto cuando Bernardino Rivadavia (primer presidente constitucional) paseaba con su caballo por Buenos Aires, ocasión en que éste fue mordido por un perro callejero. Según Pérez “al morder la pata del equino produjo no sólo su encabritamiento sino además la caída y rodada por tierra del entonces presidente. Caro pagó la especie canina el insulto proferido por uno de sus representantes. El día de matanza fue adelantado y los amos de perros tomados de sorpresa, por lo que fue común ver a muchos de ellos correr por las calles tras sus seres queridos para recogerlos en sus casas o para socorrerlos de los golpes y heridas sufridas por los garrotazos propinados por peones ayudados por bandas de muchachos.”

NUEVAS MEDIDAS PARA UN VIEJO PROBLEMA: el tema de los perros sueltos en la vía pública siguió siendo problemático por todo el siglo XIX. Se pusieron impuestos y las matanzas continuaron. Según Pérez en 1851 los dueños de perros pagaron en Buenos Aires una contribución directa que osciló entre 6 y 15 pesos según el tamaño del can. Recién la llamada “Generación del ’80” y los avances en las investigaciones de Luis Pasteur pudo dar una luz de esperanza a esta milenaria enfermedad.

El resto… es otra historia.

Dr. Roberto F. Giménez
Médico Veterinario (U.B.A.)


FUENTE: http://www.elarcaimpresa.com.ar/elarca.com.ar/elarca37/notas/veterinaria.htm